¿Retenemos el Talento?

Por: Patxi Fernández

Año 212 A.C. Siracusa. Un anciano entrecano está inclinado sobre el suelo, observando atentamente una figura geométrica dibujada en el arenoso piso.

Abstraído como está en sus matemáticas elucubraciones, no presta atención a la algarabía que recorre la ciudad con un estruendo in crescendo que amenaza con quebrar su concentración. Repentinamente una sombra opaca su boceto. Se vuelve molesto ante la interrupción, y se gira para enfrentarse al origen de la distracción. Un legionario romano es la causa. El griego le interpela, según la leyenda, con las siguientes palabras; “Noli turbare circulos meos” (no molestes mis círculos). Acto seguido, el infante romano lo ensarta con su gladio. Arquímedes de Siracusa, el matemático más famoso de la antigüedad, muere.

Y con él, todo el talento que el cónsul Marcelo, el general al mando de las tropas que asediaban la colonia griega de la Magna Grecia, intentaba salvar. Marco Claudio Marcelo era consciente de la importancia de la retención del talento como garantía de éxito. Sus soldados, no tanto.

Recordaba esta anécdota reflexionando sobre un par de recientes artículos aparecidos en prensa, que titulaban algo así como que una de cada tres empresas reconocía su incapacidad tanto para atraer como para retener el talento. Bajo el impactante titular, los autores desgranaban posibles causas y analizaban las diferencias estadísticas existentes entre la gran y la pequeña y mediana empresa. Se mencionaba también la importancia del reclutador como elemento atractor, de las políticas de RRHH, del ambiente laboral, y se concluía afirmando que era evidente la escasez de talento entre nuestro capital humano.

Lo que me sorprendió es que en ningún momento apareciera un aspecto que por el contrario si que se menciona habitualmente en la prensa color salmón cuando se habla de cualquier otro tema; me refiero al concepto “oferta versus demanda”. Cojea el argumento si no hablamos de la natural regulación de los mercados; la existencia de demandas generará ofertas. ¿y si el problema no es la escasez de talento sino la incapacidad de determinados actores empresariales para remunerarlo atractivamente? ¿de verdad no encontramos excelencia entre las generaciones mejores y más preparadas de la historia? ¿Y si quizás, y solo quizás, es que para alquilar talento siempre ha sido necesario reconocerlo adecuadamente según su precio en el mercado? Porque si no, la excelencia, se muda allá donde mejor la recompensen.

No parece que este fuera el problema de nuestros ancestros latinos, siempre agudos a la hora de incorporar a su cultura las mejores prácticas y los mejores intelectos de los pueblos a los que sometían. Arquímedes tuvo mala suerte, pero no parece que el azar sea la causa que puedan argumentar las compañías y empresas de nuestros días.


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