¿Por qué nos cuesta tanto decidir?

Por: Felipe J. Pérez

“¿El naranja o el verde?”, parece pensar. Tremenda y difícil elección, ¿verdad?
¡Pronto empiezas chavalín! A lo largo de tu vida te encontrarás permanentemente, y de manera irremediable, entre un cubo naranja y otro verde.

Solo un consejo: cuando elijas uno, procura que el otro no pese sobre tu cabeza.

Con estas palabras hace años escribía una pequeña reflexión en un blog personal refiriéndome a lo inevitable de tener que tomar decisiones. Lo queramos o no, tenemos que pasar toda nuestra vida decidiendo sobre la conveniencia de elegir entre varias opciones o incluso a veces decidiendo no elegir, que ya es en sí misma una elección.

El botón de la toma de decisiones está permanentemente conectado bien sea para aspectos más triviales como elegir la ropa que nos vamos a poner, comprar yogur de una u otra marca, comer en casa o picar algo cerca del trabajo, qué película ver, qué regalarle a nuestras parejas… hasta cuestiones de enorme importancia para nuestro futuro como la elección de la carrera, plantearnos un cambio de trabajo, montar una pequeña empresa, y un largo etc. Pero a pesar de esta obligatoriedad, son muchas las ocasiones en las que nos resulta tremendamente difícil tomar una decisión y por tanto entramos en una situación en la que estaremos sometidos a un alto nivel de estrés que empeorará esa elección.

¿Pero por qué nos cuesta tanto decidir?

Yo diría que hay tantas razones como personas enfrentadas a un proceso de toma de decisiones. Sin embargo podemos encontrar similares características entre todas ellas, puntos que se conforman como el denominador común de muchas personas que en procesos de orientación se les plantea, por ejemplo, la disyuntiva de tener que elegir entre dos o más opciones como podría ser la de tomar las riendas de la propia vida profesional en vez de esperar a un “ente contratante”.

La primera de ellas, que además influye y condiciona las demás, sería el miedo a equivocarse y por lo tanto el miedo a fracasar, que puede llegar a ser totalmente paralizante sobre todo en los casos en los que el posible fracaso podría conllevar un empeoramiento de las condiciones económicas familiares. Este miedo a elegir la opción menos correcta hace que tendamos a aplazar la decisión disfrazándola de necesidad de contar con una información “necesaria” que nunca llega, delegar la decisión en otros, posponerla (procrastinación), etc.

Por otra parte, muchas personas mantienen la creencia errónea de que fracasar en una experiencia, en un proyecto, implica un fracaso como persona y eso, indudablemente, es motivo suficiente para paralizar cualquier idea. Equiparar fracaso profesional con fracaso personal es, en definitiva, un problema de autoestima, de baja autoestima y de falta de confianza en uno mismo.

Cuentan que un periodista preguntó a Edison por “cómo se sentía después de haber fracasado 1000 veces en el descubrimiento de la bombilla”. Edison respondió que él “no había fracasado sino que había descubierto 1000 maneras diferentes de no hacer una bombilla”. Cualquier fracaso es tan solo el fracaso de una idea, de un procedimiento, fracaso en errores de cálculo… pero jamás es el fracaso de la persona que la toma. Por el contrario, cualquier intento fallido debe servirnos como trampolín para iniciar un nuevo paso adelante en el que tendremos en cuenta el camino que nos ha llevado hasta ese punto. El error debe ser una enseñanza y no una losa que pese sobre nosotros.

Decidir da miedo porque además supone renunciar a las otras alternativas, perder otras opciones que a priori no sabemos si van a ser más ventajosas. Es lo que se denomina el coste de oportunidad, un concepto de origen económico que se refiere a todo aquello a lo que renunciamos cuando tomamos una decisión. En este sentido suele ocurrir un fenómeno bastante común y es que por regla general y ante resultados no deseados, las opciones rechazadas vuelven a cobrar importancia y se convierten en “alternativas ideales”.

Resulta muy fácil imaginar que las otras opciones hubiesen funcionado mejor, pero esto, evidentemente, es una trampa mental que nos lleva a lamentar haber tomado una decisión aún cuando los resultados de ésta no estén siendo del todo malos. Esto es lo que hace que muchas veces se abandonen los proyectos prematuramente sin dar oportunidad a comprobar si realmente la opción elegida era la correcta.

Otra importante característica vendría determinada por la ausencia de una idea concreta, el no saber qué hacer realmente. Muchas personas ponen excusas como la de “no tener suficiente dinero para emprender” cuando realmente lo que están enmascarando es una falta de idea de negocio que realmente pudiera funcionar independientemente de la disponibilidad del montante de la inversión.

Los sistemas educativos y los patrones familiares de educación que no apuestan por potenciar la creatividad sino que fomentan la sobreprotección y la “programación” mental para seguir de forma pasiva unas directrices dadas, están condenados a generar individuos con poca iniciativa y poca creencia en su capacidad para crear e innovar.

La falta o el exceso de información funcionan también como elementos que dificultan esa toma de decisiones. Evidentemente sería de locos tomar una decisión importante sin contar con la mayor cantidad de datos que puedan sustentar la inclinación de la balanza hacia una u otra alternativa. Solamente disponiendo de una información fidedigna de nuestras capacidades, del mercado laboral, de la solidez del proyecto, de las probabilidades de éxito… podremos elegir la opción que en principio supone el menor riesgo.

Pero también hemos de tener cuidado con el exceso de información. Actualmente estamos sometidos a un bombardeo constante de información que nos resulta difícil digerir y que ha aumentado la complejidad de nuestra vida. Diariamente nos encontramos con una ingente cantidad de información que nos llega a través de los teléfonos móviles, los mensajes, los correos electrónicos y las redes sociales, información que requiere una atención constante y muchas veces exige una rápida respuesta. La paradoja de esta sobreexposición de información es que cuanta más información tengamos, más difícil nos resultará elegir y además más probabilidades habrá de que la opción seleccionada sea decepcionante y el resto de alternativas empiecen a cobrar esa “fuerza imaginada” a la que me refería en el primer punto.

Tomar una decisión es un proceso complejo en el que intervienen variables personales y variables procedimentales. No es tarea fácil, requiere planificación, tiempo, esfuerzo, renuncias, valentía… pero sobre todo requiere una decisión firme de modificar aquellas situaciones laborales o personales que nos hacen infelices, porque lo cierto es que una sola decisión modifica el mundo y que todo se pone en marcha desde el momento que elegimos. Elegir es el inicio de todo cambio.

Hay que perder el miedo y ser proactivos en la vida sin esperar a que otros tomen las decisiones por nosotros o que las propias circunstancias nos obliguen a decidir precipitadamente.

Como dice Jorge Bucay: “La peor decisión es no decidir porque es la única que garantiza el fracaso”.

Y recuerda que si tú no decides, otros lo harán por ti.


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