Gestión emocional y confianza

Por: Roberto Hernádez

Los mecanismos que nos hacen confiar o no en otras personas dependen de unos pocos factores, principalmente relacionados con el aprendizaje desde la experiencia de las personas que nos rodean y con las propias vivencias.

Es habitual encontrarnos en el día a día con gente que dice el famoso “no te puedes fiar de nadie”. La mayoría de las veces no deja de ser una frase hecha, pero permite entrever una actitud bastante frecuente, y es que, cuando tenemos un círculo de nuestra confianza que consideramos suficientemente grande, tendemos a poner barreras que impidan acercarse a otras personas ante la posibilidad de que pueden traicionarnos.

En menos ocasiones, aunque también se dan, podemos dar con sujetos que utilizan un punto de vista diferente, y es el de confiar en todos, de forma que sólo se pierda la confianza en caso de abusar de la misma. Estas personas, por lo tanto, tendrán como norma general un círculo mayor de gente en la que confiar.

La diferencia de base entre un comportamiento y otro no es mucha. Imaginemos al profesor tradicional, que puntúa a sus alumnos de 0 a 10. El estudiante, de inicio, tiene un 0, y a partir de ahí, una vez iniciado el examen, lo único que puede conseguir es mejorar su calificación. Sin embargo, algunos docentes menos ortodoxos, he visto que le transmiten al alumnado “de momento todos tenéis un 10, a partir de ahora, sólo podéis perder puntos”. Probablemente esta situación duela más, porque te quitan (o pierdes) algo que ya tenías.

Volviendo al tema de la confianza, cuando alguien pone obstáculos que impiden a personas nuevas acercarse a su círculo, tiene dos efectos: se ahorra los malos tragos que generan las decepciones, pero también impide que esas personas que merecen la pena puedan estar a su alcance. Exactamente las consecuencias opuestas se darán para quienes deciden confiar en principio con todo el mundo.

Si queremos analizar cuál es la postura más eficiente, saludable o simplemente, la que mejor nos va a hacer sentir, debemos en primer lugar conocernos a nosotros mismos, y saber responder a preguntas como estas:

¿Prefiero tener muchas personas a mi alrededor o estoy más cómodo con unas pocas?

¿Cómo afronto las frustraciones y decepciones?

¿Cuánto valor doy a incorporar personas de confianza a mi alrededor?

En cierto modo, no se trata más que de una inversión, centrada en la relación que se de entre Riesgo asumido vs. Beneficio esperado.

Si invierto en bolsa es con la esperanza de ganar más que si lo hago en un depósito a plazo fijo. La gran diferencia es que en el peor de los escenarios en la bolsa podría perderlo todo, y sin embargo el depósito está garantizado por activa y por pasiva.

El tema de las relaciones personales puede darnos un planteamiento similar: si me abro al mundo estaré sentando las bases para ser una persona apreciada, valorada y reconocida, al tiempo que genero a mi alrededor una estructura grande y sólida para aquellos casos en que necesite ayuda, colaboración o simplemente compañía. Por el contrario, si sólo otorgo confianza a las personas que previamente me han dado motivos suficientes, estoy apostando a caballo ganador, pero los beneficios (personas) que obtendré, serán en una cantidad muy inferior.

El mayor problema que nos surge entonces es que las personas, por mucho que lo queramos intentar, no son un valor “estable” (ni para bien ni para mal), sino que estamos sujetos a muchas variables, la mayoría de ellas incontrolables por terceros. Es decir, no tenemos certificado de garantía ni el aval del gobierno como puede ser el fondo de garantía de depósitos siguiendo el ejemplo de las inversiones de capital que he tomado antes.

Más bien, siempre vamos a ser valores bursátiles, eso sí, como todo el mundo sabe, hay valores que pueden ofrecer sorpresas positivas y negativas, frente a otros que suelen ser estables, dan pocos sustos, y pueden permitirnos arriesgar poco.

Una persona cuyas conductas habitualmente han generado nuestra confianza, en un entorno nuevo, frente a una situación diferente, y con distintos medios y objetivos, puede comportarse de manera radicalmente contraria a lo que nosotros pudiésemos pensar que era su conducta esperable.

Por el contrario, alguien que nunca ha dado síntomas ni siquiera de haber percibido nuestra presencia, cuyo desinterés hacia nosotros ha sido incluso al borde de la falta de educación, en un momento crítico en que necesitemos su ayuda puede ser el primero en ofrecerse. ¿Por qué se podría dar esto? Pues por muchos motivos, pero alguno fácil de entender será que hemos podido prejuzgar su comportamiento, pensando que ese alguien nos evitaba cuando realmente estaba manifestando su timidez, o simplemente resulta que ha empatizado con nosotros a través de su experiencia, porque ha revivido una situación de su pasado al verte en un caso similar y ha pretendido apoyarte al conocer las consecuencias del asunto en cuestión.

Personalmente, creo que hay más, bastantes más, muchísimas más personas que merecen la pena, frente a unas pocas que no nos podrían aportar nada que no sean disgustos. Con este pensamiento estará clara mi postura, que no es otra que la de apostar por dar una oportunidad desde el primer momento (dar el 10), y que el otro deba esforzarse no por conseguirlo, sino por mantenerlo.

Este artículo sin embargo no va orientado a promover que de ahora en adelante todo el mundo deba actuar con la misma perspectiva que yo. Al contrario, si actúo así es porque a mí me viene bien, me hace sentir satisfecho. Ese debe ser el objetivo de cualquier persona, que tome la decisión que tome, sea la que le haga sentir estupendamente.

Foto: Joi Ito – “Trust”

 


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