Cuando los sueños naufragan

La mayoría de conocedores en orientación laboral coinciden en que los sueños y gustos que teníamos de niños son una buena guía para hallar nuestro camino en la vida profesional.

Hay quienes los dejan a un lado con el pasar de los años, los fracasos y los compromisos. Sin embargo, hay otro grupo que si decide ir a darles cacería. Hacen lo que sea necesario para lograrlo. Ajustan horarios, priorizan actividades, seleccionan mejor su compañía en el viaje, se forman, leen, se echan al agua. Es gente digna de reconocimiento, aunque su empeño vaya más allá de buscar eso.

Lamentablemente, eso no es suficiente en ocasiones. Aunque parezca el título de una novela, lo cierto del caso es que a veces los sueños naufragan. Y luego del naufragio, lo que sale a flote son desilusiones, sentimientos de fracaso, culpabilidad, derrota. Y eso, golpea y duele en un lugar que nadie más lo puede ver, solo nosotros mismos.

¿Qué hacer? Soy partidario de tomar el timón de la nave naufragada, y sacarla a flote. Sé que parece masoquismo, pero creo que lograremos más intentándolo de nuevo que rindiéndonos. Hay un par de acciones que podemos tomar para ello, los extraigo del libro ‘El mapa para alcanzar el éxito’, de John C. Maxwell:

  1. Derrotar nuestros temores.

El temor provoca retrasos en el camino porque nos paraliza. Nos obliga a sentarnos en un rincón, esconder nuestro rostro con las manos y a pensar que esa es la mejor posición que podemos adoptar. Mientras tanto, afuera, la vida sigue su curso sin esperar a nadie y nosotros nos lo perdemos.

Un estudio que realizó hace unos años la Universidad de Michigan arrojó unos datos curiosos sobre el asunto de los temores. Concluía que un 60% de ellos son infundados, o lo que es lo mismo, nunca ocurren. Pero además, decía que un 20% de nuestros temores están enfocados en nuestro pasado, cosa que no podemos controlar ya. Otro 10% estaban basados en cosas tan insignificantes que no representarían ninguna diferencia para nosotros. Y del 10% restante, solo la mitad podría considerarse realmente justificable.

Si nos gustan los números, podremos darnos cuenta que es un porcentaje risible. Quizá sea momento de encontrarle mejor uso al tiempo y a la energía que dedicamos a nuestros miedos.

  1. Aprender a fracasar.

Eso se puede leer muy superficialmente. Todos hemos fracasado antes, ¿no? Desde la niña del kínder que nos gustaba y respondió con un rotundo ‘NO’ a nuestra propuesta amorosa, hasta el último trabajo que quizá tuvimos. Todos hemos fracasado alguna vez.

Pero el tema de aprender a fracasar va más allá. Implica aprender de él, usarlo como parámetro e incluso, estar dispuesto a mejorarlo –más que solo rendirnos a él. Y tengamos presente que cuando estemos listos para lograr una gran victoria, probablemente por allí ande merodeando la sombra del fracaso. Es parte de la vida, debemos aceptar ese hecho, pero no hay que perder la perspectiva correcta sobre él.

Un buen amigo decía que si no se abría una puerta, que buscáramos otra. También está la posibilidad de hacer nuestra propia puerta. Y si eso no funciona, aunque sea por la ventana o por el techo, el asunto aquí es no dejar de movernos ni que nuestro sueño naufrague. Somos el capitán de la nave, pero si nos vamos a hundir con ella, que no sea sin haber luchado.


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