Cuando antepuse mi dignidad al trabajo

En los tiempos que corren, estamos cansados de escuchar la frase “No te quejes, por lo menos tienes trabajo…”.

Me pregunto hasta qué punto debemos “aguantarlo todo” por mantener un trabajo. En los entornos laborales, es relativamente habitual soportar ciertas situaciones desagradables. Sin embargo, hay un línea roja que no debe pasarse (cada cual coloca esa línea donde crea conveniente). Hay un momento en el que no todo vale y debemos decir “¡hasta aquí hemos llegado!”.

La dignidad se basa en el reconocimiento de las personas como merecedoras de respeto en cualquier ámbito de sus vidas y, por supuesto, también en el trabajo.

El chico que dijo “no”

Hace poco escuchaba la siguiente historia (seguro que a muchos, por desgracia, os suena…): un chico llevaba más de 10 años trabajando a jornada completa en la misma empresa. Un día, le comunican que le van a reducir el contrato a 4 horas. Hasta aquí, todo normal. Lo sorprendente era que le proponían que siguiese trabajando 8 horas diarias, pero que la mitad del tiempo estaría sin dar de alta y cobrando en B.

Este chico dijo que no, que se negaba. Dejó su puesto de trabajo y le dijo adiós a su jefe y a sus 4 horas diarias sin contrato. Muchas personas de su entorno se llevaban las manos a la cabeza: “¡Con los tiempo que corren!, ¿cómo dejas un trabajo así?”, “Ahora no vas a encontrar otro trabajo tan fácilmente”, etc.

Yo, personalmente, le aplaudo. No se puede tolerar todo. No caer en el juego del que quiere abusar de la situación de los trabajadores (“¿Tiene hijos a su cargo?, ¿tiene poca formación?, ¿es mayor de 45 años? Pues le aprieto, que seguro que no se va”).

¿Dónde colocamos la línea roja?

Eso depende de cada uno y, por supuesto, de sus circunstancias personales. No es lo mismo un joven sin hijos ni hipoteca o una persona altamente cualificada (de esas que el mercado se rifa) que otra persona con una formación media o baja y muchas facturas que pagar a final de mes.

Sea cual sea nuestro caso, debemos tener claro qué situaciones no vamos a tolerar bajo ningún concepto.

Algunas de estas situaciones “límite” pueden ser:

  • Recibes un trato injusto en el trabajo. No te tratan igual que al resto de los compañeros en lo relacionado con la remuneración, días festivos, horarios, vacaciones, turnos, rutas o destinos, etc.
  • Soportas faltas de respeto o descalificaciones de manera continuada.
  • Recibes críticas no constructivas contantemente. Parece que nunca haces nada bien y que solo entorpeces el trabajo.
  • Te imponen unas condiciones laborales precarias o injustas (menos días de vacaciones que los que te corresponden, no se respetan los días de descanso, el salario es inferior al estipulado por convenio o al que te correspondería por tu categoría profesional, etc.).
  • Entorpecen tu desempeño laboral (te sobrecargan de trabajo, te asignan objetivos inalcanzables, etc.).

Los peligros de no anteponer tu dignidad a un trabajo

Conozco a una chica que, tras acabar sus estudios universitarios, comenzó a trabajar en una empresa. Estaba feliz por la oportunidad que tenía entre sus manos. Sin embargo, y sin saber bien cómo, la situación se fue volviendo insoportable. Nada de lo que hacía parecía estar bien para su superior. Los malos modos estaban a la orden del día. Nunca se reconocían sus capacidades ni sus logros y solo se ponía en foco en sus errores (claro que cometía errores, como todo el mundo, ¡y más cuando se está empezando!).

Un día, esta chica no aguantó más la situación y dejó el empleo (era joven, tenía mucho futuro por delante y aún no se sabía ni qué era eso de la crisis). Pasaban las semanas y esta joven sentía terror cada vez que iba a realizar una entrevista de selección. Tenía miedo de que no la seleccionaran (entonces, el “tú no sirves para nada” y todas las críticas recibidas serían ciertas), pero tenía aún más miedo de que la contrataran y tener que volver a enfrentarse con sus carencias. Los ataques a su dignidad que parecían mínimos y anecdóticos, habían ido calando en su autoestima como una gota malaya. Y sé que le costó años reponerse a ese sentimiento de inutilidad.

El trabajo es muy importante para las personas (tanto por su función económica, como psicológica y social), pero aún más importante es nuestro valor como personas, nuestra dignidad y nuestra capacidad para decidir acerca de nuestras vidas y ejercer la libertad de decir “por aquí, yo no paso”.

Foto:  Pixaway.com

 


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